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VOZ LITERARIA
LA OPINION DEL DIRECTOR

ARTICULOS DEL DIRECTOR DEL TALLER

* LA LITERATURA EN SANTIAGO
(Breves antecedentes históricos)

Enegildo Peña.

Algunos escritores e intelectuales de Santiago, quieren negar la posibilidad de que haya una tradición literaria en la ciudad. Sin embargo, los antecedentes demuestran lo contrario.

Por Enegildo Peña

Santiago tampoco pudo obviar el fenómeno natural que existe entre la tradición y la renovación en toda la historia de la literatura.

Santiago de los 30 Caballeros es una población de profunda raigambre literaria e intelectual. El doctor Joaquín Balaguer, en su libro Historia de la literatura dominicana, es quien nos presenta el primer aficionado de las letras de Santiago: Pedro Agustín Morrell de Santa Cruz, nació en la ciudad de Santiago de los Caballeros en 1694 (...) Morell de Santa Cruz consagró a las letras el tiempo que le dejaron libre sus deberes como dignatario de la Iglesia.

Asimismo, tuvo que asumir como un compor-tamiento normal en su evolución una literatura dominica- extranjera, que empezó en la segunda década del siglo XVIII con Miscelánea poética considerado el primer libro de poesía publicado por un autor dominicana, según Contín Aybar, citado por Miguel Collado. Su autor, Esteban Pichardo y Tapia, lo dió a la luz en 1823, en la ciudad de la Habana (Cuba). Pichardo y Tapia, aunque nació en la ciudad de Santiago de los Caballeros el 26 de diciembre de 1799, vio transcurrir casi toda su vida en la isla de Cuba, hacia donde tuvieron que emigrar sus padres Luchas Pichardo y Rosa Tapia en 1801 a consecuencia de la cesión a Francia de la parte oriental de la isla mediante el Trabajo de Basilea (1796).

Esteban Pichardoera poseedor de una cultura enciclopédica: novelista, poeta, lexicógrafo, cartógrafo, geógrafo, abogado, filólogo, músico, pintor, matemá-tico, etc. Su influencia en la vida cultural e intelectual de Cuba fue profunda. Sus estudios geográficos sobre la mayor de las Antillas constituyeron aportes significativos que le permitieron ser considerado por los cubanos co-mo su primer geógrafo. (...) En 1866 Estaban Pichardo y Tapia publica su novela El tatalismo, con la que se co-loca entre los precursores de la narrativa dominicana.
La Literatura en Santiago 4

Otro ejemplo, es la novela El montero, de Francisco Bonó escrita y publicada por primera vez en París, en 1856.

Esto fue continuado también en las dos primeras décadas del siglo XX por escritores como Joaquín Balaguer, Tomás Hernández Franco y Manuel del Cabral. Balaguer publicó once libros en diferentes países, mientras Tomás Hernández Franco editó De amor, inguietud y cansancio (Paris, 1922), Yelidá (El Savador,1942), y Manuel del Cabral Biografica de un silencio (1940), Trópico negro (1942), Compadre Mon, (1943), Chinchina busca el tiempo (1945). Estos libros fueron editados en Buenos Aires, Madrid y Chile. Pedro María Archambult (1862-1944), en París en 1938 publicó Historia de la Restauración y en España Pinares Adentro en 1929.

Este fenómeno de emigración intelectual y editorial, ha sido una constante en la historia de literatura dominicana, tiene antecedentes históricos y políticos. Las dos razones contemporáneas están cimentadas en lo económico y lo académico: Daisy Cocco de Filippis, Silvio Torres-Saillant, Héctor Amarante, Juan Torres, Julio Ramírez, Noberto James, Héctor Molina, Sara Pérez, Ruth Acosta, Franklin Gutiérrez, José Acosta, Dagoberto López, Orlando Alba, Hugo Gil, Domingo de la Cruz, entre otros.

Para reivindicar la tradición literaria Santiago, tuvo que esperar a finales del siglo XVII y mediados del XVIII, con el nacimiento del insigne intelectual e historiador Antonio del Monte y Tejada, el 29 de septiembre de 1783. Su obra más conocida, antes de su muerte en La Habana, el 19 de noviembre de 1861, fue Historia de Santo Domingo desde el descubrimiento hasta nuestros días. De él, Balaguer escribió: Del Monte y Tejada es uno de los grandes e escritores dominicanos. Como historiador le cupo la gloria de escribir la primera historia de la parte española de la isla, empresa extraordinaria en aquella época por la falta de fuentes de fácil acceso para las investigaciones y por las dificultades de todo género para proveer de información apropiada.

Ulises Francisco Espaillat (1823-1878), escritor que posee el mérito de ser uno de los mayores ideólogos del pensamiento liberal dominicano y de ser presidente en 186l, es nuestro seguidor en las letras nacionales. Sin embargo, es con Manuel de Jesús Peña y Reynoso (1834-1915), que la ciudad consolidó su tradición literaria e intelectual, cuando se publicaron las siguientes obras: Nociones de la Historia de la Pedagogía, Nociones Elementales de Retórica, Lecciones de Análisis Lógico y Gramatical.
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Además de éstas hizo una crítica sobre el Enriguillo, y otra sobre Fantasías Indígenas. Fue un escritor de estirpe, que le dio a la ciudad un flore-cimiento intelectual y humanístico, nunca visto en esa época en la literatura dominicana. Otro autor que consolidó la tradición literaria fue Ramón Emilio Jiménez (1886-1970).

Otros escritores de menor cuantía fueron Eliseo Grullón, Eugenio Deschamps, Enrique Deschamps. En este período hubo dos mujeres importantes, la ensayista y educadora Rosa Smester (1874...), y la también educadora, patriota y feminista Ercilia Pepín (1886-1939). Estos hechos establecen que el desarrollo sostenido en la literatura de Santiago, tubo un justo esplendor entre los escritores del 1783 a 1886. A principios de las dos primeras décadas del siglo XX, es que la literatura en Santiago ocupa con un grupo de los más sobresalientes y excepcionales escritores e intelectuales y poetas su verdadera dimensión histórica: Joaquín Balaguer (1903-2002), quien realizó una ensayística con encumbrados rigores críticos e intelectuales, aunque éstos estén moldeados en los cánones retóricos del siglo anterior. Este autor ganador del Premio Nacional de Literatura, conjuntamente con el ilustre escritor y profesor vegano Juan Bosch, en su primera versión en 1990; Tomás Hernández Franco (1904-1952), Manuel del Cabral (1907-1999), y Virgilio Díaz Grullón (1924-2001), cuentista que logró modificar el ámbito de los patrones psicológicos en los personajes del cuento urbano dominicano.

Por el otro lado, estaba emergiendo un grupo de mujeres que enriquecería la literatura dominicana: Ana Virginia de Bordas (1904-1948), nieta de Manuel de Jesús Peña y Reynoso, que escribió la novela Toeya y seis novelas cortas; Aída Margarita Vallejo de Paredes (1913), quien fue ensayista, educador y biógrafa; Francisca Otilia Domínguez, poeta y narradora; Elercia Jorge Morel (1927), ensayista y educador; Eucilda Jorge Morel (19..), María Luisa Sánchez de Vicioso (1922), poeta y narradora; y Aída Bonnelly de Díaz (1926).

Con respecto a los años veinte, Balaguer en Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo, reconoció el auge de la literatura en la capital cibaeña: Santiago se había convertido, en la década del 1920, en uno de los centros intelectuales más activos de la República. A ese auge cultural contribuyó significati-vamente la presencia en la ciudad del poeta seibano Emilio A. Morel. Era hombre de temperamento hosco, poco amigo de tertulias y de temperamento hosco, poco
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amigo de tertulias y de devaneos literarios. Su fuerte personalidad, sin embargo, atrajo desde el primer día a la juventud que empezaba entonces a incursionar en el campo de las letras. (...) Un grupo de jóvenes, admi-radores entusiastas de la poesía de Emilio A. Morel, fundamos entonces una revista que con el nombre de La Pluma de la Juventud, empezó a editarse en la pequeña imprenta que poseía Marcos Silverio en su modesta residencia de la parte baja de la calle Restauración. Otra revista, llamada Anarkos, salió después a la luz pública bajo la dirección de Julio Vega B.






Es decir, que el acontecimiento de mayor magnitud para la literatura de Santiago en el siglo XX, fue indiscutiblemente el nacimiento de dichos escritores y escritoras, que produjo el afianzamiento de tradición y la renovación de la literatura. En Santiago en el siglo XX, existieron otros acontecimientos que hicieron posible el fortalecimiento de la literatura y la cultura, otro de ellos fue la Colina Sacra de Domingo Moreno Jimenes y la Casa de Yoryi Morel y Tomás Morel, donde se reunían los intelectuales de la época. Entre los convidados se encontraban Octavio Guzmán Carretero, Juan Bosch, Pedro Henríquez Ureña, Max Henríquez Ureña y Emilio Rodríguez Demorizi. Sus temas principales versaban siempre sobre los maestros de la literatura universal.

En la década de los años treinta, hubo otra hazaña trascendente para la poesía popular de Santiago y del país: fue la publicación de los poemas de Juan Antonio Alix y Tomás Morel. El primero, nativo de Moca, hizo vida literaria en la Hidalga Ciudad de los 30 Caballe-ros, donde editó varios de sus libros.

Don Tomás Morel, con su libro Del llano y de la loma revolucionó la poesía popular dominicana. No hay un poemario en la literatura nacional que mejor des-criba, sienta y poetice la región, el mismo título es sufi- ciente para revelar su intención: Del llano y de la loma, está escrito desde su mismo corazón, para que nosotros

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podamos percibir la idiosincrasia Santiago y el Cibao.

Su lexicología fundada en la pronunciación vocá-lica de la i, sobre todos las demás, significa el alma del habla cibaeña. Tomás Morel, con su literatura ha realizado una geografía temática y una fonética de la poesía de la región, donde los rasgos lexicales son determinantes en la formación de nuestra identidad.

Este poema de una exquisita verificación popular tanto en el tema como en el ritmo tonal, sabiamente titulado Camino, dedicado a su libro, es un texto que nos introduce de inmediato en lo que sería la búsqueda y la preocupación de don Tomás Morel: la identidad del hombre de campo adentro, desde su habla folklórica, su sentimiento amoroso, su desesperación y su hábitat social.

Del llano y de la loma, como libro de poesía popular dominicana conmovió a un selecto grupo de escritores e intelectuales de hispanoamericanos.

Dionisio López Cabral, quien fue amigo de Tomás Morel.

Vasta mencionar a Juana de Ibarbourou, Alfonso Reyes, Ramón Méndez Pidal, Héctor Miri, Juan Ramón Jiménez, Juan Bosch y Concha Romero. La biblioteca Colón de la Unión Panamericana de Washington, la calificó la mejor obra, en su género, publicada este año (1937), en toda América.

La poetiza uruguaya Juana de Ibarbourou, en una carta enviada a Tomás Morel, y utilizada por éste como parte de una de las solapas del libro, escribió: Siempre he creído que en el pueblo está la poesía más pura, sin adorno literario ni abalorio importado. Por eso, la regional tiene para mí el encanto de esa agua fresquísima y eterna de los arroyitos serranos, en cuyo cauce nada tuvo que ver la ingeniería ni ninguna matemática de los hombres. Ese aire del Cibao, que nos da en la cara al volver las páginas del libro; esa cosa de luz verdadera y viento auténtico y alma arcaica, para mi gozo ¡como tengo que agradecérselas! Es así como todos los poetas y escritores de América han de hacer belleza de América. Con su propia arcilla, su propio aliento y sus propias manos.

Ningún poeta popular dominicano había recibido tanto respaldo y reconocimiento internacional. Antes de morir publicó su último libro que también tendrá que que- dar en la historia de poesía popular de América Latina:Mi pueblo y otros poemas. Libro éste de una plenitud creadora que igualmente lo consagra y lo catapulta en las letras nacionales, como el más auténtico de los poetas populares.

Entre todos los libros publicados por los poetas de Santiago en esa época, estaba en auge a nivel nacio-nal la poesía popular y la romántica. Antologías como Del romancero dominicana, de Emilio Rodríguez Demorizi y La poesía folklórica en Santo Domingo, de Flerida de Nolasco, eran los paradigmas de nuestra poesía tradicional. Autores que publicaron entre los años 30 y 40, no obstante, a ser escritores reconocidos en Santiago, se habían convertido en los remanentes de la decadencia, de una literatura que exigía ser trasformada, para superar los modelos clásicos, que desde los siglos XVIII y XIX habían sido cambiados en la literatura latinoamericana, por eso aparecieron poetas tan menguados, como Suárez Vásquez, F. B. Guzmán, Juan de Jesús Reyes, Pedro M. Germán, Benjamín Guzmán, Luis A. Bastardo, Luis, Jiménez de Asúa, Gregorio Felipe, José Morera, José Patxot, Pedro Haché, Virgilio Álvarez.

Con un anacronismo literario que lo mantuvo a la mayoría fuera de la historia de las letras nacionales, mientras a otros como registros para justificar períodos con pocas virtudes creativas. La fenomenal excepción de los años 30 y 40 lo constituyó entre ellos, los tres elegidos: Tomás Morel, Tomás Hernández Franco y Manuel del Cabral.


La década del 40, fue significativa para la renovación de la poesía en Santiago, porque se publicaron dos influyentes textos poéticos: Compadre Mon (1940) y Yelidá (1942). Ambos libros dejaron atrás la caducidad de la poesía contemporánea dominicana. Con Manuel del Cabral y Tomás Hernández Franco, Santiago produce dos de los más grandes poetas de toda la historia literaria nacional.

Compadre Mon, es uno de los poemas más reveladores de la idiosincrasia cultural del Cibao. Ningún poeta se había atrevido a biografiar tan poéticamente la realidad social y cultural de la región, con un personaje tan típico y popular como un héroe, que es una especie de sociólogo vivencial de los pueblos. Manuel del Cabral, desde una referencia mito-poética encarna por medio de
un simple, pero significativo barbero, la ideología histórico-social de la provincia cibaeña. Al respecto, Pura Emeterio nos dice: Se presentan envueltos en distintas expresiones de dicha cultura y es así como entran en el entramado de las obras. O dicho de otra manera, es así como las obras se apropian de las ideologías y los imaginarios socioculturales. En otra parte, dice: Desde el ángulo historiográfico, nos encontramos con la recreación de dos épocas históricas muy específicas de la República Dominicana: el caudillismo y el trujillismo.


La referida autor cuando hace referencia a estos modelos ideológicos-políticos, es porque ya ha analizado la Ética y Estética en el Mito Literario de Compadre Mon. Ahora bien, por la misma naturaleza temática de la investigación literaria, el análisis está estructurado por la metafísica del signo, donde la ética en el mito literario se auto-relacionan para enfocar los aspectos simbólicos y temáticos de Comprade Mon.

La esencia de la metafísica del signo, es moldear un patrón que por referencia aluda a los temas sobrenaturales, como son los personajes mito-poéticos que tanta presencia ha tendido en la historia de la literatura caribeña. Pura Emeterio, ha realizado un estudio comparativo sobre la obra Comprade Mon y algunas obras de la literatura haitiana. De alguna mane-
ra, este tipo de trabajo ayuda a incentivar y fortalecer ambas literaturas, que por razones históricas comparte un mismo territorio, con temas comunes, aunque con realidades culturales diferentes desde el punto de vista de la lengua y la cultura.

Tomás Hernández Franco está más arraigado en la sociedad como poeta, pero sobre todo con Yelidá, un clásico de la poesía moderna dominicana y caribeña. Sin embargo, también fue escritor, ensayista, narrador y articulista. Es decir, un auténtico intelectual. De la mayoría de los escritores de su época podría decirse lo mismo, Joaquín Balaguer, Manuel del Cabral y Virgilio Díaz Grullón.

De Tomás Hernández Franco, Héctor Inchaústigui Cabral, dijo: () uno de los poetas más grandes de Santiago, a uno de los poetas más grandes que ha dado el país, a Tomás Hernández Franco () Yelidá uno de esos poemas tan definitivamente buenos que apenas si habrá en nuestra poesía una docena de su misma estatura. Y Yelidá no es poema construído con materiales locales. Es más: cuanto hay en él, salvo una

que otra nota dispersa, es extraño, en el buen sentido de la palabra: o noruego o haitiano, pero está edificado con espíritu de hombre de nuestra tierra. () al estructurar su gran poema Hernández Franco lo único que hizo fuetrabajar teniendo en cuenta la verdadera definición de la poesía que no es más que describir la forma en que discurre el tiempo y un narrar el destino catastrófico del hombre sobre la tierra. Por supuesto, es
esto define la gran poesía.

Por la importancia que tiene el magno poema Yelidá, se le quiere ofrecer compañía a Del Cabral, hay que salir a buscar a Tomás Hernández Franco que desgranó su interés inicial por los negros en su libro Canciones del litoral alegre, publicado en 1936. Allí estallan hermosos flores tropicales oscuras, hijas de su feroz curiosidad intelectual y del eco de Marinero en
tierra de Rafael Alberti.

Un acontecimiento que impactó en la década de los 60, fue la creación de la Universidad Católica Madre y Maestra en 1962, por un sector conservador de burguesía y la iglesia católica. Esto represento un desarrollo trascendental para la literatura y la cultura de Santiago en el siglo XX. Ésta empezó a rastrear académicos e intelectuales para educar a los hijos de los ricos tradicionales. Uno de ellos fue el poeta e intelectual Héctor Inchaústegui Cabral en los años 70. Aunque nació en Baní, vivió por varios años en Santiago por su labor en UCMM, de la cual fue Profesor Emérito, escri-tor residente y director de Publicaciones.

Con intelectuales como Tomás Hernández Franco y Héctor Inchaústegui Cabral, la urbe cibaeña se convirtió en centro de la intelectualidad tradicional. Recuérdese que ambos eran pensadores del régimen trujillista conjuntamente con el más fiel y continuador de todos: el doctor Joaquín Balaguer. Es decir, que los poetas, escritores e intelectuales de Santiago se han mantenido entre los sectores conservadores y tradicio-nales del país. Históricamente nuestros escritores e intelectuales siempre han sido parte de la estructura del poder religioso, económico y político de un Estado inoperante y decadente, que también lo hizo ser muchas veces ideológicamente caudillistas y trujillistas.

En el período de los 60 hubo en Santiago otro suceso literario con la publicación de Poemas decidi-damente fuñones, de Apolinar Núnez. Esta obra trasgredió la lírica de la poesía convencional dominicana. Con un crudo manejo del lenguaje y un malabarismo que
nos remonta al concretismo brasileño, Apolinar Núnez se burla de la retórica de la poesía tradicional. Realmente fueron textos fuñones para la poesía nacional. Su autor asumió el sexo como una ideología, para vociferar su propio lamento existencial.

Cuando Apolinar Núñez publicó su primera colección de poemas muchas se escandalizaron. Con bastante razón. Pero debajo de las malas palabras, que sólo tenían de raro que venían impresas; un poco más allá de lo desenfado de las descripciones: cuando la carne protagoniza el amor, y de ciertos pormenores que generalmente pasan inadvertido, alentaba la protesta del que se siente asfixiado por lo circundante, del que se sabe oprimido por un mundo su mundo- chato, sin horizonte. En esta colección, que es de Amor, lo que llama a atención en casi todas las composiciones, que el poeta canta como decía antes- a la mujer, pero nada más que cuando arranca, porque enseguida cae en lo político, en la protesta política: toma posición política.(Héctor Inchaústegui Cabral: Escritores y artistas domini-canos, p.p 235-6.)

Este poemario es merecedor de ser registrado en las letras de Santiago, porque lo que dice José Rafael Lantiagua: (...) Apolinar Núñez con sus Poemas decididamente fuñones, que data de los sesentas, formula una teoría del pensar poético que se rebela, desde el lenguaje, contra episodios sociales que transgreden motivaciones y principios. Esos poemas configuraron un decir y establecieron un norma contraria, aparentemente, a la forja poética habitual, pero crearon un discurso objetivo contra la realidad misma de la literatura que, en su momento, viabilizó una conmoción en el ambiente literario dominicano porque violaba los signos del poema consabido. (Listín Diario: biblioteca, 20 de enero del 2002.)

En la década de los 60 y 70, siguieron publicando autores que eran pertenecientes de los años 30, 40 y 50: Federico Pereyra, Manuel de Jesús Aybar, José Bretón, Pablo Franco Bidó, José Ulises Franco, Dioben Morel, Jorge Rivas.

Otros escritores del siglo veinte son: Miguel Ángel Jiménez, Julio Vega Batlle, Juan Daniel Balcácer, Miguel Alberto, Pedro María Cruz, López, J. Furcy Pichardo, Luis Camejo, Hergit Penzo Llenas, José Martínez Reina, María Laudes Camila de Cuello, Elsa Expósito, Rosario Espinal, Ángela Peña, Adriana Mu-Kien Sang Ben, Miguel Soto Jiménez, Rocío Rossi, Mercedes Rodríguez de González, Leyda Veras, Acevedo de Bonnelly, Franklin Gutiérrez, José Federico Álvarez, Ramón Antonio Veraz, Narciso González y Estaban Rosario.

Los cubanos nacionalizados dominicanos Carlos Dobal y Carlos Fernández-Rocha, han sido dos figuras importantísimas para el avance de la literatura y la cultura santiagueras, como Bruno Rosario Candeler, Danilo de los Santos y Myrna Guerrero. Asimismo, Ricardo Miniño, Rafael Emilio Yunén, Apolinar Núnez, Nelson Minaya (Premio Nacional de Ensayo en 1997, un humanista y filósofo exquisito); Orlando Alba, Rafel Castillo (Premio Nacional de Cuentos 1981, con La Viuda de Martín Contreras y otros cuentos); José Enrique García (Premio Siboney -1980, Premio Nacional de Poesía en 1999, Premio de Novela en 2001 y Premio
Literatura Infantil Nacional en 2002); Pedro José Gris (en 1991 fue Primer Premio en Concurso Dominicano de Cuentos de Casa de Teatro, es un polemista y pensador de fuste); Bernardo Vega, Bernarda Jorge, Vanesa Vega, Ana Margarita Haché, Hugo Gil. Éstos han publicado decenas de obras de una variedad maravilla, con ellas se han ganado varios Premios Nacionales, pero sobre todo, la admiración y el respeto en el ámbito nacional.


Es decir, la Universidad Católica Madre y Maestras (UCMM), es la institución que más intelectuales ha ofrecido en el siglo XX a Santiago.

Además se convirtió en la mayor editora de la ciudad, a través de su Departamento de Publicaciones. Esto significa también que ha sido la que más ha monopolizadora y centralizado a los escritores e intelectuales de la Santiago, en bien de los sectores conservadores y tradicionistas del país, donde juega un papel trascendental la misma Iglesia Católica, de la cual Monseñor Roque Adames, es un significativo represen-tante, quien también se ha convertido en un morador nacional.

En la actualidad Santiago cuento con los escritores y poetas como: Fernando Cabrera, José Acosta, Edwin Espinal, Máximo Vega, Andrés Acevedo, Enegildo Peña, Jim Ferdinand, Ramón Peralta, Ruth Acosta, Puro Tejada, Juan Bartolo Domínguez, Luis R. Santos, Ramón Cabral de la Torre, Dionisio López Cabral, Rafael P. Rodríguez, Víctor Antonio Estrella Rodríguez, Domingo de la Cruz, Virgilio Hernández, Nelson Cerda, Andrés M. Beato, Francisco Gerónimo, Carmen Valerio (en la actualidad es uno de las mujeres de Santiago que está haciendo mejor poesía, igual que Rosa Silverio); Rosa Julia, Argelia Aybar, Leonardo Fernández, Pedro Pablo Marte, Luis José Rodríguez, Adolfo Pichardo y Ramón Gil.

Existe, ciertamente, una tradición literaria en Santiago. Los antecedentes que hemos señalados son suficientemente demostrativos para así avalarlo. Nos ha resultado siempre extraño que escritores ya establecidos, desconozcan la historia de la literatura y de la cultural de Santiago. La cultura y la literatura son la que mejor construyen y definen un país o una ciudad. La verdadera patria de una nación es su cultura y su literatura. Un país que no respete y preserve sus valores culturales y literarios, necesariamente tendrá que perecer. Ahora que la identidad es tan indispensable para la conservación de la memoria histórica de los pueblos, todos tenemos que luchar por mantener nuestras raíces, como parte de nuestro estado de vida y de conciencia. La personalidad de un país está en sus manifestaciones socioculturales, abandonarlas sería renunciar a la patria.
_________
*Este texto pertenece a mi libro inédito, Literatura y Cultura en Santiago.

BIBLIOTECA EN EL PERIODISMO CULTUAL DOMINICANO

Por Enegildo Peña

Hoy publicamos este texto para que tengamos una idea de la importancia de lo que fue suplemento Biblioteca en el periodismo cultural dominicana. Recibimos con pesar la reducción que se realizó a dicho suplemento, de seis páginas a dos. Todos nos queda-mos sorprendidos cundo se efectuó la disminución, pero más aún cuando se anunció que en la celebración de sus veinte años se iba a dejar de publicar. Cada vez que hay recortes económicos en el país siempre empiezan por los asuntos culturales, cómo si todavía no se entendiera que la cultura es uno de los ejes fundamentales para el desarrollo de los pueblos. Hace varios meses se dejó de publicar Isla Abierta del periódico Hoy. Biblioteca es el único que estaba dedicado enteramente a la literatura y al libro. Qué manera de celebrar el día del libro y el bibliotecario, el cual se celebró en abril. Lo lamentable es que el 28 de mayo el suplemento Biblioteca cumplió veinte años. Con ello festejamos el cierre, en un acto que contó con grandes personales de la literatura y la escritura nacional, y la realización de una edición única para la ocasión.


Desde mediados de mil ochocientos, nuestro incipiente periodismo escrito fue la base de sustentación ideológica de los próceres dominicanos, como fue el caso de José Núñez de Cáceres, que 1821 redactó El Duende, periódico de contenido político y satírico. En el ámbito de la literatura también fue así, porque era la forma más asequible de publicar en la época, como es natural esto fue aprovechado por los escritores e intelectuales, y empezaron a editar periódicos y revistas en el plano de la literatura, la ciencia y las artes.

Desde este punto de vista, podríamos decir, que la mayoría de literatura dominicana y extrajera es de periódicos y revistas. Para comprobar esto, sólo tenemos que hurgar en la historia de cada país, por ejemplo: el cubano José Martí, es uno de los paradigmas de las letras caribeñas, o el puertorriqueño Eugenio María de Hostos, quien reformó el sistema educativo nacional.

Los escritores más representativos escogieron los suplementos literarios y culturales, para publicar sus propuestas intelectuales. Esto ha sido bueno, porque cualquier periódico, por insignificante que sea, debe tener a escritores e intelectuales que ejerzan el periodismo cultural, lo que les ha servido de sostenimiento existencial a algunos, pero sobre todo, ha hecho que tengan que estar haciendo vida creativa y teórica alrededor del periodismo.
En la historia del periodismo dominicano, hay que destacar el apoyo de los periódicos en insertar algunos espacios a la literatura y la cultura, esto fue muy bien aprovechado por nuestros intelectuales.
En este sentido, ahora nos toca hacerlo, con el periódico Listín Diario, fundado el primero de agosto de 1889, por Arturo Pellerano Alfau. A principios de 1906, ya éste tenía un espacio titulado Sábado del Cuento, donde se publicaban cuentos de carácter costumbristas. Luego se creó la Sección Literaria y Los Lunes del Listín, junio 1896. (Edición especial con trabajos breves, en prosa o verso, de Gastón y Rafael Deligne, Federico García Godoy, Emilio Frudhomme y MI. de J. Rodríquez Montaño, entre otros).

El Listín Diario ha sido un eslabón vital para el desarrollo del periodismo cultural nacional, desde los años treinta nuestros e intelectuales escribían de la altura de Juan Bosch, quien después lo hizo para sobrevivir como exiliado en algunos países del caribe. A mediados de 1961 se produjo un acontecimiento estremecedor para el periodismo cultural dominicano, la creación de Ventana nombre que le viene por sugerencia de Pedro Mir, a quienes se reconocen como sus fundadoras a Marhta Madina y Lilian Gil. Una lo creó y la otra continuó. En segunda etapa estuvo Marianne de Tolentino, mujer que enalteció el periodismo cultural de este suplemento y lo mantuvo durante unos doce años. Luego lo hiceron Ruth Herrera y Zaida Corniel. Ahora está siendo dirigido por el escritor cubano Luis Beiro, quien le ha introducido un grupo de jóvenes colaborado-res, igualmente incorporó a la joven poeta Rosa Silverio, como periodista cultural.

En la década de los 80 éste emprendió la edición de un Suplemento Sabatino, donde se publicaban las distintas manifestaciones artísticas y sociales del país, incluyendo secciones fijas de varias Secretarias de Estados. El Centro de la Cultura de Santiago tenía una página titulada Taller Informa, para anunciar sus actividades, sobretodo, el eficiente
activismo teatral jamás igualado en Santiago, Don Federico García era el director general. En el suplemento escribían intelectuales y personales de las diversas áreas, donde enfatizaremos a Vela Zanetti, Pedro Mir, Marianne de Tolentino, Bernardo Vega, Freddy Ginera (con sus famosas Conversaciones), Carlos Francisco Elías (megalómano del teatro), Fernando Pérez Memén, Víctor Holguín Tejada, René Fortunato, Alberto Verjeja Ibáñez, José Francisco Arnáiz, Agripino Núñez, Manuel de Jesús Mañón, Pedro José Vega, etcétera.
En el pasado, estaban al servicio de la cultura, de la inteligencia y el pensamiento. Hoy, en cambio, son más sirvientes de las estructuras de poder, lo que ha significado un revés en la reflexión crítica, porque han dejado de pensar para sobrevivir, con sus extrañas excepciones, como es el caso que nos ocupa, en su mayoría son más vividores que pensadores. Cuando los escritores y los intelectuales se unen al poder, la sociedad retrocede. El mismo poder debería entenderlo, por su propio bienestar, ya que a los intelectuales y escritores, adrede, se les ha olvidado.

La primera aura a las publicaciones literarias son los suplementos culturales, quizás no exista en la historia de la literatura un solo autor que no haya empezado a escribir a través de ellos, quiérase o no, es la mejor forma de dar a conocer los primeros escritos. Solamente cuando se publica es que la literatura escrita se realiza, vale decir, que se escribe para que nos lean. Desde esta perspectiva, tenemos que celebrar que el periodismo convencional haya tenido que abrirse al periodismo cultural, el cual es una categoría comunicacional que ha hecho posible que las artes se socialicen, y que la población tenga mayores
posibilidades de convertirse en consumidores culturales y estéticos.

Los suplementos y las revistas culturales, son el soporte que motoriza la difusión intelectual y cultural de las sociedades. Han aportado más que los estados, porque dan a conocer a los escritores más allá de la inmediatez de sus territorios y de sus políticas culturales. Un ejemplo lo constituyó nuestro inconmensurable Pedro Henríquez Ureña, quien los utilizó como un medio de instrucción pública en todo el Continente Americano. Pedro y su hermano Max, ofrecieron sus respectivos talentos críticos por medio de ellos, lo que nos obliga a admitir que la crítica dominicana se inicia desde esos medios.

Pese a este legado, todavía nuestro país no tiene ni un texto ni una investigación que nos revelen los significativos aportes del periodismo cultural dominicano. Y escritores e intelectuales de la estatura de Emilio Rodríguez Demorizi, Joaquín Balaguer, Juan Bosch, Pedro Mir, Héctor Incháustegui Cabral, Manuel Valdeperes, María Ugarte, Marianne de Tolentino, Marcio Veloz Maggiolo, Antonio Fernández Spences, Manuel Rueda, Mario Lebrón Saviñón, José Rafael Lantigua, Bruno Rosario Candelier, Diógenes Céspedes, Alcántara Almánzar, León David, José Enrique García, Manuel Mora Serrano, Héctor Amarante, Pedro Peix, Andrés L. Mateo, Tony Raful, Mateo Morrison, Francisco Comarazamy, Federico Henríquez Gratereaux, Manuel Núñoz, Ignacio Nova, Enriquillo Sánchez, Pedro Conde Sturla, Chiqui Vicioso, Carlos Francisco Elías, Laura Gil, Freddy Ginebra, Manuel Matos Moquete, Clodomiro Moquete, Myrna Guerrero, Danilo de los Santos, Tomás Morel, Fradique Lizardo, Dagoberto Tejada, son apenas algunos de los nombres, que esperan ser estudiados, desde el periodismo cultural.

Solamente, Manuel Valdeperes y María Ugarte han sido reconocidos por José Rafael Lantigua, cuando precedía la Comisión Permanente de la Feria Nacional del Libro, en 1998 publicó sus obras críticas las que realizan en el periódico El Caribe. Sin embargo, este esfuerzo sin precedente en la historia bibliográfica nacional, no obstante, a que ambos nacieron en España, debió introducirse con un estudio o una investigación sobre el periodismo cultural en la República Dominicana.

Los aportes del escritor José Rafael Lantigua, en el periodismo cultural nuestro, no solamente obedece al suplemento literaria Biblioteca que este año arribará a sus dos décadas, procede desde que hacía vida cultura en su ciudad natal Moca, donde fundó varias instituciones culturales y educativas, e inició su experiencia periódica, como fundador y director del El Viaducto y colaborador del Clarín Estudiantil. Fue corresponsal del periódico El Sol, en Santiago escribió la única biografía completa de un poeta dominicano: Domingo Moreno Jimenes, Biografía de un Poeta, 1976. Ésta es solo una, de sus once obras publicadas. Comenzó a los trece años publicar su primera nota periodística, como corresponsal en el diario el Caribe, luego tuvo una columna titulada Conclusiones, en el periódico El Sol. En 1983, empezó a publicar su suplemento Biblioteca en el rotativo La Notica. Fue una figura importante del Grupo Literario del Cibao, donde intelectuales de la extirpe de Bruno Rosario Candelier, Adriano Miguel Tejeda, Manuel Mora Serrano, Héctor Amarante, entre otros: orquestaron un activismo que sirvió de luz inspiradora a todo la región y, fue un espléndido ejemplo, para los que vinimos después.

Otro mérito incuestionable en la trayectoria de Lantigua, fue haber organizado ferias nacionales y regionales, que gracias a su vocación desprendida, las convirtió en internacionales, sacando al libro y al intelectual dominicano de su marasmo histórico. Cuando dejemos atrás el revanchismo cultural, tendremos que aceptar, no solo que fueron las mejores, sino también las de mayores participación intelectual en el ámbito nacional e internacional, y que publicó la más grande bibliografía de la literatura dominicana, con lo que creó la base de lo que debía hacer la Editora Nacional.


Yo era miembro del taller literario Líttera de la centenaria Sociedad Cultural Alianza Cibaena, cuando me dispuse, por primera vez, a suscribirme a un periódico, y lo hice porque leía el suplemento literario Biblioteca, que antes se publicaba el vespertino Última Hora. En esa época yo escribía para Aquí, que era dirigido por el poeta y gestor cultural Mateo Morrison, y era el suplemento del periódico La Noticia. Igualmente, coleccionaba Isla Abierta que nunca fue tan abierta, pero siempre fue una isla para que algunos escritores e intelectuales locales se apandillaran, también lo hicieron los escritores de postguerra en Aquí. Cada secta cultural tenía su suplemento literario.


La situación empezó a cambiar a partir de la publicación de Biblioteca, que vino a constituirse en un suplemento más democrático, pero con un estricto rigor intelectual, literario e informativo. Mientras, Isla Abierta (que recientemente acaba de sucumbir, con apenas dos años de haber muerto su intelectual y fundador, Manuel Rueda, quien dejó en la dirección al escritor santiagués, José Enrique García) se centraba
más en un tema general. Biblioteca era y sigue siendo plural tanto en su variedad como en su contenido.

Con un espacio que abarcaba las seis páginas,
sus lectores podían leer las entrevistas, las informaciones bibliográficas más actualizadas, y a los más connotados escritores e intelectuales dominicanos e internacionales. Asimismo, sus tradicionales secciones: Mi Acento, Bibliografía Activa, Addendum, Libros en Agenda, Libros en Circulación, Libros que llegan, ¡Libros calientes!, Libros-Sorpresa, Libro recomendado de la semana, ¡Libros-suceso!, De aquí y de allá, Anaquelitos, Anaquelitos Internacionales, Propuesta de lecturas, Interviú, Kiosko, El Cuestionario del Lector, ¡Flash literario!, Buzón de Biblioteca, Página Invitada, Novedad, Palabra de Autor, Efemérides literarias dominicanas, Fichero bibliográfico dominicano, Cotidianas, Redeletr@s, Letra Invitada, Letras Críticas. Durante estos veinte años Biblioteca ha tenido unas 57 secciones, todas relacionadas con la difusión de la cultural libresca, esto no tiene precedente en la historia del periodismo literario dominicana e internacional.
En letras de la Academia, donde se publicaba los discursos de posición, además de los temas que les apasionan a los miembros de la Academia Dominicana de la Lengua . Su editor y fundador vive creando otras, en bien de que los interesados tuvieran una lectura variada en sus temas, y diversa en sus escritos. También era la mística de sus 14 colaboradores actuales: Miguel Collado, Pedro Antonio Valdez, Franklin Gutiérrez, Margarita Luciano López, Ylonka Nacidit-Perdomo, Basilio Belliard, Miguel D. Mena (Berlín); Jimmy Hungría, Carlos María Romero Sosa (Buenos Aires, Argentina); Plinio Chahín, Roberto Marte (Alemania); Enegildo Peña (Santiago); Fernando Cabrera (Santiago); René Rodríguez Soriano. Y de sus 4 ocasionales: Arelis Albino (Santiago); Virgilio López Azuán (Azua); Pedro Ovalles (Moca); Eugenio Camacho (Moca)Taty Hernández Durán (Jarabacoa).

Un suplemento debe de ser un relacionador cultural, donde el lector pueda impregnarse del buen arte. No puede dejarse llevar del periodismo ordinario, que sólo busca la información de un hecho. Su misión es otra, la de ser un difusor creativo e intelectual de los artistas, dígase mejor, un servidor de las artes. Por eso, el periodismo cultural es una categoría que posee dos planos, uno semánticamente comunicativo y otro estético. Ambas posibilidades provienen de la esencia misma del arte, que es lo creado, lo que a su vez, puede producir un placer estético o intelectual.

Ser editor de un suplemento de literatura, de alguna manera, no basta solo saber escribir, tiene que ser un intelectual ético. Lo ideal es que sea un verdadero humanista, en el sentido profundo de la palabra, para que pueda formar en vez de informar, crear en vez de destruir, en definitiva, buscar e incentivar una humanidad que regrese a los estados más puros de la belleza, para que todos seamos más creativos y sensibles espiritual y estéticamente, en nuestras acciones humanas.

Biblioteca nos brindaba estas posibilidades cada domingo, ahora en el matutino Listín Diario. Este suplemento, que se sostienía por la calidad y la dedicada pasión de su editor y sus colaboradores, debe seguir siendo guía de otros, que utilizan como mampara la falta de talento, para abrirse a la mediocridad. Por eso, nuestra sociedad tiene que seguir cultivando sus escasos talentos, para que pueda salir de la ignorancia, de un sistema educativo que atrofia la posibilidad de crecimiento, porque la mayoría de los profesores son decémeros de la historia, y los de letras son decoradores de biografías que envenenan el alma de la literatura.

Ante estas deficiencias, son los suplementos y las revistas literarias y culturales las que han venido y se han convertido en las verdaderas aulas de la literatura y la cultura. Son, definitivamente, nuestras universidades nacionales e internacionales. Si no publicaran, indudablemente, habría más pobreza intelectual y cultural, de la que ya existe. Desde este punto de vista, tenemos que reconocer que la publicación de Biblioteca, durante veinte años, fue un acontecimiento que estremecer a toda la población cultural, y debió ser declarada universidad de la literatura periodística dominicana.

BIBLIOTECA
(1983-2003)

CELEBRÓN EN GRANDE
!20o. Aniversario de Biblioteca!

El suplemento literario BIBLIOTECA, celebró sus 20 años de existencia el pasado miércoles 28 de mayo,
con una Recepción en el Salón Principal del Patronato de la Ciudad Colonial

El marco de celebración sirvió además para poner a circular la revista de aniversario de Biblioteca, ejemplar único y por tanto de colección, que se distribuyó gratuitamente a los asistentes y que contó con el respaldo comercial de las firmas Codetel, E. León Jimenes, Brugal y Banco Popular.

Junto a José Rafael Lantigua, editor y fundador de Biblioteca, estuvieron los colaboradores fijos del suplemento en su última etapa: Franklin Gutiérrez, Basilio Belliard, Pedro Antonio Valdez, Margarita Luciano de Sang, Jimmy Hungría, Enegildo Peña, Miguel Collado, Plinio Chahín, Taty Hernández Durán, Ylonka Nacidit-Perdomo, entre otros.
La actividad se inició con las palabras de la escritora Ligia Minaya Belliard, quien ponderó el trabajo de Lantigua y recordó su labor desde pequeño en grupos culturales de su comunidad nativa, Moca. Luego, el poeta Basilio Belliard presentó la revista de aniversario de Biblioteca, la cual fue editada por Cole e impresa en Amigo del Hogar.

La revista de aniversario trae interesantes trabajos de todos los colaboradores fijos y algunos invitados, a más de las importantes estadísticas de los 20 años de Biblioteca, el ranking de los dos decenios y los principales libros que fueron publicados entre 1983 y 2003, período de publicación del conocido suplemento.

Los interesados podrán solicitar su ejemplar gratis de Biblioteca en las librerías La Trinitaria y Cuesta, tanto de Santo Domingo como de Santiago.

A continuación, el escritor Franklin Gutiérrez, quien viajó desde Nueva York para la actividad, presentó para la sorpresa de todos, incluso del propio Lantigua, un libro conteniendo los testimonios de 25 escritores sobre la labor desarrollada por Biblioteca.

La edición, numerada, y de sólo 60 ejemplares, contiene trabajos de Daisy Cocco de Filippis, Basilio Belliard, Juan Ventura, Reynaldo Disla, Héctor Amarante, René Fortunato, Pedro Antonio Valdez, Bruno Rosario Candelier, Diógenes Céspedes, Ylonka Nacidit-Perdomo, Miguel Collado, Emilia Pereyra, José Chez Checo, Rafael García Romero, José Acosta, Ligia Minaya, Imelda Ramos, Jimmy Hungría, Miriam Ventura, Taty Hernández Durán, Marianela Medrano, Margarita Luciano López, Ruth Herrera, Manuel Llibre Otero y Enegildo Peña. La escritora constancera Taty Hernández hizo entrega del primer ejemplar a Lantigua con emocionadas palabras.

Finalmente, José Rafael Lantigua, al pronunciar las palabras finales del acto anunció el cese de la publicación de Biblioteca después de veinte años de existencia.

Biblioteca se inició como una página de comentarios de libros en El Nuevo Diario, el 28 de mayo de 1983. A partir de 1985 pasó a Ultima Hora donde permaneció por 15 años. Y desde septiembre de 2000 se publica en Listín Diario. Durante sus veinte años de existencia fue considerado el principal suplemento literario del país y el de más sólida permanencia en el diarismo dominicano.


Taller literario Virgilio Diaz Grullon